La psicóloga María Ros resume en una frase el verdadero debate sobre el café: el problema no es la bebida en sí, sino la necesidad compulsiva de consumir varias tazas solo para mantenerse despierto. Cuando el café deja de ser un placer y se convierte en un analgésico del agotamiento crónico, conviene mirar más al estilo de vida que a la cafetera.
Las principales agencias de salud internacionales son bastante coincidentes en cuanto al umbral seguro: la EFSA sitúa el límite en 400 miligramos de cafeína al día para adultos sanos, y la FDA estadounidense coincide en esta cifra. Traducido a tazas, equivale a entre tres y cuatro cafés de filtro al día o unos cinco espressos, dado que un espresso aporta 60-80 mg y un café de filtro, entre 100 y 150 mg.
La evidencia reciente, además, sugiere que un consumo habitual de tres a cuatro tazas se asocia a una menor mortalidad y a un riesgo reducido de diversas patologías, incluidos efectos cardiovasculares transitorios en consumidores habituales. Es decir, el café moderado no solo no resulta peligroso, sino que puede ser más beneficioso que perjudicial.
El problema aparece cuando se cruza la línea hacia la dependencia. La cafeína bloquea los receptores de adenosina, con lo que no elimina el cansancio, sino que enmascara la señal. Al compensar de forma crónica un descanso insuficiente, se genera tolerancia y un círculo vicioso que alimenta insomnio, ansiedad, palpitaciones y problemas digestivos, tal como advierte la Clínica Mayo. La recomendación de los expertos pasa por priorizar el sueño y revisar las causas del agotamiento antes de aumentar la dosis de cafeína.
