Un estudio observacional publicado en 2025 y realizado con 1.338 adultos de 56 años o más, monitorizados durante catorce días con una pulsera de actigrafía y seguidos durante 19 años, ha analizado la relación entre las siestas y la mortalidad. Los resultados muestran que por cada hora adicional de siesta diaria se incrementa un 13% la probabilidad de morir, y que cada siesta adicional al día se asocia con un 7% más de riesgo de mortalidad. Además, quienes duermen principalmente por la mañana presentan un 30% más de mortalidad que quienes lo hacen a primera hora de la tarde, el horario clásico de la siesta española.
Los autores subrayan que el estudio es observacional, por lo que no se puede concluir que la siesta cause la muerte. Las siestas prolongadas o frecuentes son un indicador de que existe un problema de salud subyacente, como apnea del sueño, dolor crónico, depresión, alteraciones del ritmo circadiano o enfermedades cardiopulmonares. Las siestas matutinas, en particular, se asocian con somnolencia diurna excesiva y estudios previos las han relacionado con un mayor riesgo de desarrollar Alzheimer.
La evidencia científica apunta a que las siestas cortas, de entre 1 y 29 minutos, no muestran riesgos para la salud e incluso pueden reducir el deterioro cognitivo en personas mayores. La línea roja se sitúa entre los 30 y 60 minutos de siesta, franja asociada a un mayor riesgo de mortalidad por causas cardiovasculares.
