Dormir ocho horas en una noche sofocante no garantiza un buen descanso. El cuerpo humano necesita reducir su temperatura corporal entre 0,5 °C y 1 °C para iniciar el sueño, algo que resulta difícil cuando la temperatura ambiental es muy elevada. Aunque la persona concilie el sueño, la calidad de este se resiente. Además, durante la fase REM el organismo pierde casi por completo la capacidad de termorregulación, lo que provoca microdespertares de los que a menudo no se es consciente. Por eso muchas personas sienten que duermen pero se levantan igual de cansadas.
A este problema se suman dos mecanismos fisiológicos de enfriamiento: la vasodilatación y la sudoración. Cuando se intensifican en exceso, la primera puede provocar bajadas de tensión arterial y la segunda derivar en deshidratación, dos factores que incrementan la sensación de fatiga. El núcleo supraquiasmático del cerebro, que regula los ritmos circadianos, no solo estimula la liberación de melatonina al caer la luz, sino que también activa la refrigeración corporal, un proceso que el calor ambiente dificulta.
Para mitigar estos efectos, los especialistas recomiendan generar corrientes de aire entre puertas y ventanas, recurrir a un ventilador y, en su caso, al aire acondicionado con moderación. Una ducha templada —ni fría ni caliente— antes de acostarse y evitar cenas copiosas, alcohol y picante también favorecen el descanso. Aun con estas medidas, las noches tropicales e infernales que azotan cada verano a buena parte de la población pueden impedir un sueño plenamente reparador.
