Este artículo explora la curiosa costumbre humana de dormir bajo mantas, incluso en climas cálidos, una práctica que parece contradictoria pero tiene raíces profundas en la fisiología, la historia y el condicionamiento psicológico. Aunque no es una práctica universal (especialmente en culturas ecuatoriales donde las temperaturas nocturnas aún bajan), la necesidad de cubrirse al dormir es común en muchas sociedades, incluso cuando el uso de mantas era un lujo reservado para las clases altas en el pasado. Históricamente, la disponibilidad de telas como el lino, la lana y el algodón determinó quién podía permitirse una cama cubierta.
La necesidad fisiológica es el primer componente: aproximadamente una hora antes de dormir, el cuerpo reduce su temperatura central para promover la somnolencia y aumentar la producción de melatonina. Sin embargo, durante las fases de sueño REM, el cuerpo pierde la capacidad de regular su propia temperatura, volviéndose vulnerable a cambios térmicos. En este punto, una manta actúa como un regulador externo, previniendo el enfriamiento excesivo. Este fenómeno se compara con la termorregulación de los reptiles, que dependen de fuentes externas para controlar su temperatura corporal.
Además de la fisiología, existe un componente psicológico. Los estudios sugieren que las mantas pueden aumentar los niveles de serotonina, un neurotransmisor asociado con el bienestar y la calma, contrarrestando la disminución de serotonina que ocurre durante el sueño REM. Finalmente, el artículo destaca el condicionamiento: la mayoría de las personas crecieron siendo cubiertas con mantas al dormir, asociando esa sensación con el proceso de conciliar el sueño, similar a la respuesta de Pavlov a un estímulo. Si bien algunas teorías sugieren una conexión con la sensación de seguridad en el útero materno, la explicación más probable es la simple asociación aprendida desde la infancia.
