El mercado estadounidense de suplementos dietéticos ha pasado de unos 4.000 productos y 4.000 millones de dólares en 1994 a cerca de 100.000 referencias y 73.000 millones de dólares anuales, según datos de la FDA y los CDC. La regulación vigente desde la DSHEA de 1994 obliga al Gobierno a demostrar que un suplemento es adulterado antes de retirarlo, en lugar de exigir al fabricante que pruebe la veracidad de sus afirmaciones o la composición real del producto. La propia jefa de la Oficina de Programas de Suplementos Dietéticos de la FDA, Cara Welch, ha reconocido que la agencia carece de un sistema para saber qué suplementos se venden, cuándo se introducen nuevos productos o qué contienen.
Esta opacidad se ha agravado con la concentración de la fabricación por contrato. Pocos fabricantes, como Catalent, Vitaquest, Robinson Pharma, International Vitamin Corporation (IVC) o el grupo CK Life Sciences, producen para cientos o miles de marcas, pero ninguno revela a qué marcas concretas abastece. La popularización de las gominolas redujo las barreras de entrada: lanzar una marca puede costar desde unos 8.000 dólares y un pedido mínimo de 1.000 unidades. Operaciones como la de Highlander Partners, que adquirió cuatro plantas de gominolas y las vendió a Catalent por 1.000 millones de dólares en 2021, ilustran el flujo financiero del sector, donde Lonza vendió su división de cápsulas a Lone Star Funds por unos 3.000 millones. Las retiradas masivas, como la de ABH Nature's Products en 2020 o la de Nutracap Holdings en 2021, muestran las consecuencias de un sistema con escasa supervisión.
