La proteína se ha convertido en el gran reclamo del marketing alimentario, presente en panes, quesos, batidos y postres. Pero atiborrarse de ella sin criterio tiene poco sentido. Una macrorrevisión reciente que reunió más de 350 estudios sugiere que restringir aminoácidos ramificados como la isoleucina activa vías metabólicas asociadas a mayor longevidad en levaduras, insectos y roedores. Sin embargo, trasladar esos resultados a humanos es, por ahora, precipitado: los datos en personas son observacionales y no permiten afirmar que una dieta baja en proteínas alargue la vida.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria fija la ingesta de referencia en 0,83 g/kg/día, un mínimo poblacional, no un óptimo universal. El grupo PROT-AGE recomienda entre 1,0 y 1,2 g/kg/día en personas mayores y hasta 1,5 g/kg/día en enfermedad aguda, recuperación quirúrgica o desnutrición. Reducir la proteína en mayores basándose en estudios con ratones podría acelerar la sarcopenia.
La ciencia también desmonta dosideas muy extendidas: a partir de 1,6 g/kg/día, añadir más proteína no incrementa la masa muscular, y las dietas hiperproteicas no dañan los riñones de adultos sanos, aunque sí están contraindicadas en pacientes con enfermedad renal. Por último, el origen de la proteína importa más que la cantidad: sustituir proteína animal por vegetal se asocia a menor mortalidad cardiovascular y total, aunque este beneficio refleja un patrón dietético global, no el macronutriente aislado.
