El historiador y autor explica cómo el rastreo de palabras compartidas entre lenguas ilumina episodios y conexiones culturales muy anteriores a la escritura. Lo ilustra con varios casos sorprendentes. El más llamativo es el del persa div, que hoy designa a un demonio pero deriva del protoindoeuropeo deywós, un antiguo término para dios: de ahí vienen el español dios, el inglés deity o el hindi deva. La inversión de significado —de divinidad a espíritu maligno— se habría producido entre los zoroastristas hacia 1500 a.C., cuando ciertas deidades antiguas (como Indra) fueron rechazadas en favor de Ahura Mazda. Mientras, las lenguas indoarias, como el sánscrito, conservaron deva como «dios». Otro ejemplo es la palabra lox (salmón ahumado), cuya forma se ha mantenido casi inalterada durante 6.000 a 8.000 años, desde el protoindoeuropeo laḱs- hasta el alemán Lachs o el ruso losós. El texto también repasa cómo la palabra hello solo apareció por escrito en 1827 y se popularizó con el teléfono, y cómo un estudio filogenético de Sara Graça da Silva y Jamshid Tehrani (2016) sitúa cuentos como El herrero y el diablo —origen del Fausto— en la época del protoindoeuropeo. La etimología, argumenta, sirve no solo a lingüistas, sino a historiadores de la religión, la cultura y la tecnología, y recuerda la profunda interconexión entre pueblos que hoy suelen presentarse como opuestos.
Por qué importan las etimologías: los viajes ocultos de las palabras
Fuentes:
Why etymologies matter
