La depresión afecta a una parte significativa de los 1.170 millones de personas que conviven con un trastorno mental en el mundo, y los tratamientos estándar —farmacoterapia y psicoterapia— dejan sin mejoría relevante a entre el 30% y el 50% de los pacientes. Frente a ese vacío, la evidencia acumulada apunta al ejercicio físico como una intervención con efectos comparables a los medicamentos en casos leves o moderados, y potencialmente complementaria cuando se combina con ellos. Lograr al menos la mitad de la actividad física recomendada se asocia con un 18% menos de riesgo de desarrollar depresión.
Desde el punto de vista biológico, el ejercicio eleva los niveles de factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), favorece la neuroplasticidad en el hipocampo y reduce la inflamación crónica. A la vez, modula el eje del estrés y refuerza la autoestima, la autoeficacia y el vínculo social, creando un entorno cerebral más resistente. El artículo advierte, no obstante, contra titulares que exageran su eficacia: cuando se comparan estudios de calidad homogénea, el ejercicio se sitúa a la par de los tratamientos establecidos, no muy por encima.
El desajuste está en la práctica clínica: las principales guías ya recomiendan el ejercicio como primera línea para la depresión leve, pero una encuesta reciente muestra que el 92% de los profesionales de salud mental no recibió formación para prescribirlo y el 41% nunca lo recomienda. Para cerrar esa brecha, el autor lidera nuevas recomendaciones del Canadian Network for Mood and Anxiety Treatments (CANMAT) y la International Society for Bipolar Disorders (ISBD), y aboga por sistemas con derivación a profesionales del ejercicio y cobertura aseguradora. La barrera más inmediata, recuerda, es la propia enfermedad: la fatiga y la desmotivación exigen programas estructurados, apoyo social y dosis iniciales mínimas.
