Bryan Johnson, el multimillonario estadounidense que durante años protagonizó el experimento de longevidad más mediático del mundo, ha admitido públicamente que quizá extremó su búsqueda de la juventud. Fundador del proyecto Blueprint y creador del lema "Don't Die", Johnson llegó a gastar cerca de dos millones de dólares anuales en un programa que incluía más de un centenar de pastillas diarias, decenas de pruebas médicas y un equipo de unos treinta especialistas.
El punto de inflexión llegó este verano, cuando se le diagnosticó una gastritis autoinmune que había pasado inadvertida pese a su exhaustivo seguimiento médico. Tras el diagnóstico, publicó un breve mensaje en redes sociales en el que se preguntaba si había llevado "demasiado lejos" todo el asunto de la longevidad. Era la primera vez que el autodenominado "atleta del rejuvenecimiento" mostraba dudas sobre el camino emprendido.
Johnson no abandona su proyecto, pero su reflexión pone en evidencia los límites de la medicina preventiva y la complejidad del cuerpo humano, incluso bajo monitorización extrema. Su caso ilustra además que experimentar sobre uno mismo no equivale a generar evidencia científica sólida. Paradójicamente, el símbolo del biohacking plantea ahora que la pregunta no es solo cuánto tiempo se puede vivir, sino hasta dónde se está dispuesto a llegar para intentarlo.
