Shenzhen, la ciudad china de 18 millones de habitantes que fue pionera en electrificar toda su flota de transporte, libra una batalla cotidiana contra un fenómeno que domina sus calles: una plaga de motos, en su mayoría scooters eléctricos, que circulan sin orden por aceras, pasos de cebra, escaleras y medianas, a menudo sin casco, con tres ocupantes o con tuneos que aumentan la velocidad. El periodista, que visitó la ciudad por tercera vez, describe cómo conviven la modernidad tecnológica con un caos viario heredado de la prohibición de las motos de gasolina de 2003, que disparó el uso de eléctricas sin necesidad de licencia. Hoy las motos representan más del 20% de los traslados urbanos, según datos oficiales, y el problema se repite en otras grandes urbes chinas como Shanghái.
Un estudio conjunto de la Southeast University y el CDC chino, con más de 3.000 encuestas, documenta que las lesiones de motoristas se han convertido en un problema de salud pública en el sur del país. Para tratar de revertirlo, Shenzhen combina ayudas al achatarramiento de motos de combustión aún en circulación, restricciones por zonas y, desde 2021, un programa de gestión que obliga a registrar los vehículos e instalar GPS para monitorizarlos. Pekín ha comenzado a aplicar un modelo de control similar.
