Las baterías de estado sólido son un tipo de batería de iones de litio en el que el electrolito líquido se sustituye por un material sólido. Fabricantes como el chino CATL, que en 2024 dedicaba más de mil personas a investigar esta tecnología, además de BYD, LG y Samsung, trabajan en su desarrollo, mientras que startups estadounidenses y europeas han recaudado en conjunto más de 4.000 millones de dólares hasta 2025.
El cambio de electrolito líquido por sólido ofrece dos ventajas principales: reduce la masa necesaria por unidad de energía entregada, lo que aligera las baterías, y elimina la inflamabilidad del electrolito líquido convencional, disminuyendo el riesgo de incendio. Para entender por qué, conviene repasar el funcionamiento básico de una batería de iones de litio: la energía se obtiene cuando los iones de litio pasan del ánodo al cátodo, forzando a los electrones a recorrer un circuito externo que genera la corriente eléctrica. El litio es especialmente eficiente porque, al ser muy ligero y ofrecer una gran caída de potencial, libera mucha energía por unidad de masa, comparable a la gasolina.
Sin embargo, las baterías de iones de litio almacenan menos energía que la gasolina porque deben transportar consigo el oxidante (el cátodo), a diferencia de los motores de combustión, que toman el oxígeno del aire. Además, la estructura interna requiere mucho material de soporte: por cada gramo de litio reactivo se necesitan unos 70 gramos de grafito, separadores, electrolito y colectores de corriente, según datos de 2019. Las baterías de estado sólido prometen reducir parte de ese lastre estructural y mejorar la seguridad, aunque persisten retos técnicos para su fabricación a gran escala.
