Un suspiro largo tras recibir una mala noticia es un lenguaje anterior a las palabras, un gesto universal que la divulgadora neurocientífica Nazareth Castellanos ha vinculado a la amígdala en una conferencia que lleva semanas circulando por la red. Pero la explicación del fenómeno es más compleja de lo que sugieren las versiones virales.
El mecanismo básico del suspiro se cartografió en 2016, cuando el equipo de Li, Krasnow y Feldman identificó en ratones unas 200 neuronas en el tronco encefálico que producen dos péptidos —neuromedina B y péptido liberador de gastrina— ligados al complejo pre-Bötzinger, el marcapasos de la respiración. Si esos péptidos se activan, el animal suspira; si se bloquean sus receptores, el suspiro desaparece.
¿Qué papel juega entonces la amígdala? Un estudio de 2015 de Dlouhy y Richerson, de la Universidad de Iowa, demostró que la estimulación eléctrica de la amígdala puede provocar apnea y caída de oxígeno sin que el paciente lo perciba. El mecanismo exacto que conecta esa estructura con los suspiros aún no se ha descrito, pero Castellanos habló en una entrevista de una "apnea inducida por la amígdala" y de un aumento de su actividad, lo que hace plausible la relación.
En resumen, el suspiro forma parte de un sistema socioemocional muy antiguo que la neurociencia aún no comprende del todo: se sabe qué circuitos lo disparan y que la amígdala modula la respiración, pero falta trazar el puente completo entre emoción, amígdala y tronco encefálico.
