Durante los meses de verano, la fatiga y la falta de energía son quejas habituales. Aunque popularmente se atribuye al calor que 'aplana', la investigación muestra que se trata de un fenómeno fisiológico complejo en el que intervienen la termorregulación, la deshidratación y, sobre todo, la alteración del sueño nocturno.
El organismo humano mantiene su temperatura interna en torno a los 37 ºC. Cuando la temperatura exterior sube, activa mecanismos como la vasodilatación periférica —que enrojece la piel— y la sudoración, lo que obliga al corazón a bombear con más fuerza. Ese sobreesfuerzo cardiovascular impacta en el cerebro, el corazón y el músculo esquelético, reduce la tolerancia al ejercicio y se traduce en una sensación constante de debilidad.
Sin embargo, la explicación más directa del cansancio diurno se gesta de madrugada. Las noches calurosas aumentan los microdespertares y la vigilia, reduciendo las fases más reparadoras del descanso, en especial el sueño REM. Al perder calidad de sueño, el cerebro y el cuerpo no logran restablecerse, y aparece el letargo matutino.
El texto distingue entre el cansancio veraniego habitual, una respuesta fisiológica normal, y el 'agotamiento por calor', un cuadro médico que requiere atención urgente. Cuando la fatiga se acompaña de mareos intensos, sudoración excesiva y fría, pulso rápido y débil, náuseas o calambres severos, puede derivar en un golpe de calor si no se trata con enfriamiento rápido y reposición de líquidos.
