El debate sobre si los adultos deben consumir leche lleva años dividiendo a la opinión pública. Frente a quienes la consideran innecesaria o incluso perjudicial, la evidencia científica más reciente desmonta los principales mitos: la intolerancia real a cantidades normales de lácteos es mucho menor de lo que se cree, el consumo moderado no aumenta la mortalidad ni el riesgo cardiovascular, y los lácteos se asocian a una menor incidencia de varios tipos de cáncer.
Un estudio poblacional gallego con 850 personas mostró que, aunque el 38% presenta alteración en el metabolismo de la lactosa, la intolerancia sintomática baja al 2% con un vaso de leche y al 8% con un yogur. Una revisión paraguas de 2021 concluyó que la leche tiene un impacto neutro o favorable sobre la salud, y un metaanálisis de 2026 con 1,6 millones de participantes identificó un consumo óptimo de 250 a 300 gramos diarios.
En cáncer colorrectal, de vejiga, hígado, cavidad oral, ovario y mama, las revisiones más recientes asocian el consumo de lácteos con una reducción del riesgo. Además, la leche ofrece una biodisponibilidad de calcio del 19-34%, frente al 5-20% de las alternativas vegetales, debido a la presencia de lactosa y caseína que favorecen su absorción. Sus proteínas también superan a las vegetales en el índice DIAAS, con valores superiores a 1.
