Las civilizaciones antiguas emplearon durante milenios sustancias para cuidar su piel y, en muchos casos, para mantenerla clara como símbolo de estatus, sin ser conscientes de que algunas de esas preparaciones funcionaban como protectores solares. Un repaso por la historia revela que la protección frente al sol es una preocupación muy anterior al descubrimiento de la radiación ultravioleta, fechado en 1801.
Los primeros Homo sapiens contaban con altos niveles de melanina, pero al abandonar África su piel se aclaró y perdieron parte de esa defensa natural. En el antiguo Egipto se elaboraban cosméticos con fines rituales, estéticos y sociales; entre ellos, una mezcla de jazmín, arroz y lupino aclara la piel, absorbe luz ultravioleta y favorece la reparación del ADN. Los griegos usaban aceite de oliva como aftersun, con un factor de protección solar estimado de 8, y los romanos aplicaban óxido de zinc, el mismo filtro físico que todavía se emplea en cremas modernas. En Japón, Europa y otras regiones se recurrió a polvos de plomo, altamente tóxicos y sin efecto protector real.
La ciencia moderna atribuye la primera investigación sistemática sobre los daños solares a Sir Everard Home, en 1820, y a pioneros como Johan Wilhelm Ritter, que descubrió la radiación UV en 1801. Hoy se distinguen filtros físicos, que reflejan o absorben la radiación, y filtros químicos, que la neutralizan mediante reacción. Aunque las formulaciones contemporáneas son las más seguras y eficaces, la historia demuestra que el ser humano lleva milenios intentando protegerse del sol, la mayoría de las veces sin saber exactamente por qué.
