Los árboles disponen de un sentido similar a la propiocepción que les permite mantenerse erguidos

Fuentes: Los árboles no tienen una madre que les diga que se pongan rectos, pero no la necesitan, porque se dan cuenta ellos solos, phys.org

Los árboles disponen de un mecanismo comparable a la propiocepción animal que les permite detectar curvaturas en sus tallos y corregirlas activamente para mantenerse erguidos. Así lo demuestra un estudio publicado en la revista New Phytologist por un equipo de científicos del INRAE y la Universidad Clermont Auvergne (Francia), que identifica a la llamada madera de tensión como el equivalente vegetal de un músculo capaz de doblar y, sobre todo, enderezar los troncos.

La propiocepción es el sentido que permite a los organismos percibir la posición de las partes de su cuerpo sin recurrir a la vista. Hasta ahora se consideraba exclusivo del reino animal, aunque en 2012 —precisan las fuentes— un equipo que también incluía investigadores del INRAE ya había demostrado que las plantas también lo poseían. Faltaba esclarecer el mecanismo biológico subyacente, y ese es precisamente el hallazgo que ahora se presenta.

Para aislar la propiocepción del resto de estímulos, los investigadores colocaron árboles jóvenes en una plataforma horizontal que giraba sobre su propio eje dentro de una esfera iluminada desde todas las direcciones simultáneamente. De este modo eliminaban la percepción de la gravedad y la influencia de la dirección de la luz, dejando a los árboles únicamente con la capacidad de detectar la curvatura de su propio cuerpo. Aun así, cuando les doblaron los tallos, todos recuperaron la posición erguida en pocas semanas.

La clave está en la madera de tensión, un tipo de madera ya conocido pero cuyo papel exacto no se había terminado de esclarecer. Hasta ahora se sabía que crecía en la parte superior de los troncos curvados y que tiraba de ellos hacia arriba, como un músculo que se contrae. Lo que ha revelado el nuevo estudio es que esta madera también se forma en el lado opuesto a la curvatura, ejerciendo una fuerza en sentido contrario, de forma análoga a los músculos antagonistas de los animales —el bíceps y el tríceps, por ejemplo— que trabajan en direcciones opuestas para controlar un mismo movimiento.

El experimento se realizó en dos fases. Primero, los científicos colocaron chopos jóvenes en posición horizontal y comprobaron cómo, con el paso de los días, curvaban sus tallos hacia arriba hasta recuperar una orientación vertical gracias a la madera de tensión. Después, una vez alcanzado un grado suficiente de curvatura —al cabo de unos diez días—, los trasladaron al dispositivo experimental descrito. En las semanas siguientes, los tallos se enderezaron progresivamente hasta recuperar una forma rectilínea.

La importancia de este mecanismo va mucho más allá de la biología básica. Tal como recuerda Xataka, las consecuencias de un tronco torcido pueden ser graves: fracturas ante tormentas o deslizamientos de tierra, con el riesgo añadido de daños a personas e infraestructuras. Mantenerse erguidos es, literalmente, una cuestión de supervivencia para los árboles.

El hallazgo tiene además aplicaciones agrícolas directas. Si se conocen los mecanismos genéticos que regulan la producción de madera de tensión y la eficiencia del proceso de corrección postural, será posible seleccionar variedades de árboles —y de otros cultivos, como el trigo— más resistentes al llamado encamado, un fenómeno por el que los tallos de los cereales se doblan y tumban por efecto del viento, la humedad excesiva o el exceso de ciertos nutrientes. Esto permitiría reducir pérdidas en las cosechas y mejorar la resiliencia de los cultivos frente a condiciones climáticas adversas.

En definitiva, el estudio refuerza una idea que la ciencia lleva años consolidando: la distancia entre animales y plantas es mucho menor de lo que creíamos. No solo compartimos con los árboles un sentido tan íntimo como la propiocepción, sino que también compartimos la solución mecánica —músculos o madera de tensión— para mantener el cuerpo en su posición adecuada. Para los autores, el reto ahora es profundizar en la base genética y molecular de este mecanismo y explorar cómo aprovecharlo en programas de mejora vegetal.