Un ensayo personal argumenta que el consumo habitual de noticias funciona como el tabaco: perjudica a quien lo consume y a quienes lo rodean. La autora, que dejó de leer el periodismo de actualidad en el verano de 2020 tras años de empezar el día con el móvil y enfadarse con cada titular, relata cómo reducir la exposición a la información diaria alivió su ansiedad, bajó su nivel de agresividad imaginaria y mejoró sus conversaciones sociales.
El texto sostiene que las noticias deforman la percepción del mundo porque la maldad humana, rara en la realidad, abunda en las portadas. Para demostrarlo, la autora, que trabajó como investigadora en un proyecto que codificó por colores dos semanas de portadas del New York Times, observó que predominan los relatos negativos. Esa sobrerrepresentación explica por qué la ciudadanía sobreestima las muertes por homicidio, suicidio o accidente y teme riesgos escasos como la energía nuclear mientras infravalora amenazas mayores como las centrales de carbón.
A ese sesgo se suma la brevedad de los escándalos: la mayoría de los asuntos que parecen decisivos caducan en días, lo que convierte la lectura diaria en un ciclo de indignación sin efecto práctico. El ensayo cita estudios académicos que vinculan el consumo de noticias con peor estado de ánimo, y recopila testimonios de personas que, tras dejarlo, reportan beneficios similares a los de abandonar el tabaco. Concluye con una advertencia personal, a falta de un aviso oficial del cirujano general: leer menos noticias es una intervención sencilla con efectos notables en la salud mental y en las relaciones.
