Los pequeños reactores modulares (SMR) vuelven a presentarse como solución para reactivar la energía nuclear, pero su historia previa sugiere lo contrario. Estos reactores, con potencias de 10 a 300 MW frente a los 860-980 MW de los actuales, prometen menor riesgo financiero gracias a la fabricación en fábrica y plazos de construcción más cortos. Sin embargo, la idea no es nueva. Entre 1946 y 1961, la Fuerza Aérea estadounidense gastó más de 1.000 millones de dólares intentando desarrollar un reactor para bombarderos de largo alcance, un programa cancelado por John F. Kennedy. La Marina tuvo éxito con los reactores de submarinos y portaaviones, pero sus requisitos operativos son radicalmente distintos a los civiles. El Programa Nuclear del Ejército, más comparable a los SMR actuales, construyó ocho pequeños reactores en lugares remotos como Antártida, Groenlandia y bases aisladas. La experiencia fue desalentadora: el PM-3A de la estación McMurdo sufrió grietas y fugas que obligaron a descontaminar 14.400 toneladas de suelo, enviadas a California para su eliminación. El programa se canceló en 1976 al concluir que los generadores diésel convencionales eran más prácticos. La crisis económica de la energía nuclear convencional, con costes entre 92 y 132 dólares por megavatio-hora frente a los 37-87 de gas natural o eólica, alimenta la búsqueda de alternativas, pero la historia demuestra que los reactores pequeños no serán tan baratos ni sencillos como prometen sus defensores actuales.
