El artículo analiza el sesgo histórico de género en la investigación biomédica, tomando como punto de partida la polémica desatada por la guía nutricional para la menopausia publicada por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), basada exclusivamente en estudios realizados en hombres. El texto explica que esta práctica no es un caso aislado, sino la herencia de décadas en las que el cuerpo masculino se utilizó como referencia universal en ciencia, dando lugar a lo que se conoce como "medicina bikini".
La pieza recorre varios ejemplos concretos de este sesgo. En endometriosis, el retraso diagnóstico medio se sitúa entre 7 y 10 años por la normalización del dolor menstrual. En el caso del zolpidem, la FDA tuvo que ajustar en 2013 la dosis para mujeres tras detectar que el organismo femenino elimina el principio activo más despacio, 20 años después de su comercialización. En psicofármacos, un estudio de 2010 sobre 150 ensayos de depresión mostró que el 50 % de los trabajos con ambos sexos no analizó los datos desagregados por sexo y que menos del 1 % de los registrados en ClinicalTrials.gov declaraba esa intención.
El artículo también repasa el marco regulatorio: en EE. UU. la inclusión femenina en ensayos clínicos no fue obligatoria hasta 1993, y en Europa se formalizó con el Reglamento (UE) nº 536/2014. Subraya que arrastramos las consecuencias de esos errores del pasado en forma de dosificaciones inadecuadas, infradiagnóstico de enfermedades femeninas y mayor consumo de psicofármacos entre mujeres, según un estudio de 2026 que cifraba en 1,26 veces su mayor probabilidad de consumirlos frente a los hombres.
