Un programador describe su progresiva pérdida de capacidad de concentración y analiza las causas que, en su experiencia, han erosionado su atención sostenida. Empieza reconociendo que necesita un temporizador de 15 minutos y bloquear toda distracción para redactar el propio texto, y que rara vez consigue una hora de trabajo enfocado al día. Identifica varios factores: el consumo pasivo de contenido (HackerNoon, Medium, Hacker News, YouTube), que reemplazó actividades intencionadas como programar, leer o jugar a ajedrez; un entorno laboral dominado por reuniones y chat, donde gastó ocho horas semanales solo en Slack; y, más recientemente, el uso de modelos de lenguaje (LLMs), que tiende a externalizar tareas y fragmenta la atención al obligarle a pensar en lo que la herramienta está haciendo en lugar de avanzar él mismo.
También señala que las herramientas de IA refuerzan la impaciencia: si programar o leer un artículo lleva horas, prefiere delegar en un LLM aunque eso merme su tolerancia al esfuerzo sostenido. Frente a este panorama, ha empezado a cambiar hábitos: retransmitir su trabajo en directo para no escapar a las pantallas, sustituir los tiempos muertos por lectura en papel y dedicar parte de su tiempo a cuidar un jardín en el balcón, una actividad que describe como menos adictiva que ver una película y fácil de abandonar cuando reaparece la motivación. Concluye que el temporizador le sirvió para arrancar la escritura, paso previo que considera indispensable para recuperar la concentración.
