Un estudio realizado en Chicago entre 2011 y 2021, que cruzó datos de cobertura arbórea, temperatura, contaminación y características sociodemográficas de 801 sectores censales con 220.711 defunciones registradas, concluyó que la cantidad total de árboles presente en un barrio no se asocia de forma significativa con una menor mortalidad. Lo que marca la diferencia es el incremento interanual de esa cobertura vegetal.
Según los investigadores, ese aumento progresivo se relaciona con caídas del 10% en la mortalidad general y del 11% en la mortalidad por causas respiratorias. Un modelo hipotético estima que si Chicago elevase su cobertura arbórea un 0,003% anual, se evitarían alrededor de 105 muertes al año. Un experimento natural en Portland, que evaluó 30 años de plantaciones, reforzó esta idea: cada árbol plantado en los últimos 15 años se asoció con menor mortalidad cardiovascular, y el efecto protector fue mayor cuanto más tiempo llevaban los árboles creciendo.
Además, un estudio predictivo sobre 744 ciudades europeas calculó que un 5% más de cobertura arbórea reduciría las concentraciones de ozono y partículas PM2,5, disminuyendo la mortalidad vinculada a la polución. Los investigadores también subrayan la importancia de la geometría del bosque urbano: la conectividad, distribución y nivel de fragmentación influyen en sus efectos sobre la salud. Por último, un metaanálisis con más de 8,3 millones de personas y otra revisión con 201 estudios vincularon el verdor residencial con menor mortalidad general, menos estrés, más actividad física y mejor salud mental.
