El despliegue de inteligencia artificial en China está afectando de forma medible al mercado laboral. En Wuhan, los taxistas tradicionales vieron caer sus ingresos alrededor de un 40% desde que en 2022 comenzaron a circular los robotaxis Apollo Go de Baidu. La magnitud del cambio quedó patente cuando una avería que dejó inmovilizada parte de la flota devolvió temporalmente los clientes a los taxis convencionales.
El fenómeno no se limita al transporte. Un director de fotografía con casi dos décadas de carrera explica que su tarifa como autónomo ha caído hasta ser una fracción de la que cobraba hace años, desplazado por herramientas de generación de vídeo cada vez más capaces. Millones de trabajadores han migrado a la economía de plataformas, precisamente uno de los sectores donde la automatización avanza con mayor rapidez.
El Gobierno chino, que inicialmente priorizó el desarrollo de la IA, ha empezado a incorporar la preocupación por el empleo en su discurso oficial. Medios estatales han advertido del desajuste entre las normas laborales y la velocidad de evolución tecnológica, y se estudian políticas para amortiguar el impacto. Analistas señalan que China combina la capacidad de desplegar IA a gran escala con la de condicionar a sus grandes tecnológicas, lo que la convierte en el primer laboratorio real de la convivencia entre automatización masiva y mercado laboral.
