En febrero de 2026, la Academia Americana de Pediatría retiró parte de sus históricas recomendaciones sobre el tiempo de pantalla, al reconocer que eran imposibles de cumplir y poco eficaces. Una de sus coautoras, Libby Milkovich, defendió el cambio como una forma de «quitar presión a los padres y eliminar la culpa, cuando realmente es el sistema el que la tiene». El caso abre un debate más amplio sobre la creciente sensación de que criar a un hijo exige hoy una formación casi profesional.
Fátima García Doval, profesora de la Universidad de Santiago de Compostela, y José César Perales, catedrático de Psicología de la Universidad de Granada y autores de «Ni frágiles ni idiotas» (Shackleton Books, 2026), sostienen que esta percepción responde a una «pérdida de agencia» y a la institucionalización de la confianza en los expertos. A su juicio, el discurso experto ha contribuido a «construir una sociedad del miedo», donde cada nueva amenaza tecnológica o social genera pánico antes de contar con evidencia.
Ambos defienden análisis de coste-beneficio cuidadosos frente a respuestas dicotómicas y recuerdan cómo pánicos morales del pasado, como el rechazo decimonónico al tren, han acabado pareciendo absurdos. Para los autores, el miedo no es neutro: tiene motivación política y se industrializa para llenar todo el espacio de reflexión disponible.
