El calor no es solo un enemigo del deportista: también puede ser un aliado si se aborda con criterio. Cuando se realiza ejercicio, los músculos convierten entre el 20% y el 25% de la energía en movimiento; el resto se libera como calor. En ambientes calurosos, el cuerpo debe disipar ese calor extra desviando sangre hacia la piel, lo que reduce el flujo disponible para los músculos y eleva la frecuencia cardíaca, acelerando el agotamiento.
Sin embargo, el organismo dispone de un mecanismo de adaptación conocido como aclimatación. Un estudio publicado en 2024 demostró que, tras varias sesiones de exposición al calor, los participantes redujeron su temperatura central en reposo en 0,19 °C y su frecuencia cardíaca en seis latidos por minuto. A partir del quinto día ya se perciben mejoras cardíacas y, entre los días 8 y 14, las ganancias en rendimiento y termorregulación son consistentes.
Fisiológicamente, la primera semana de entrenamiento en calor aumenta la retención de agua y sodio, incrementando el volumen sanguíneo y mejorando el aporte de oxígeno a los músculos. Si el estímulo se mantiene, el cuerpo produce más hemoglobina, lo que eleva la eficiencia del sistema.
La clave está en la progresión: sesiones cortas a baja intensidad, aumento gradual de la duración a lo largo de dos semanas e hidratación adecuada. Una deshidratación superior al 2% del peso corporal anula las ventajas de la aclimatación y eleva el riesgo de golpe de calor. Entrenar con calor es exigente, pero el cuerpo puede adaptarse de forma segura si se aplica sentido común.
