Durante años se ha asumido que elogiar de forma constante a los niños es clave para que de adultos desarrollen una buena autoestima. Sin embargo, la investigación científica apunta en otra dirección: el volumen de halagos importa menos que el tipo de elogio y, sobre todo, que la calidad del entorno familiar en los primeros años de vida.
Uno de los trabajos más citados es el estudio longitudinal del investigador Ulrich Orth, que siguió a 8.711 personas desde su nacimiento hasta los 27 años. Sus resultados muestran que lo que realmente predice la autoestima adulta es la calidad del entorno en los primeros seis años —crianza, estimulación cognitiva, ausencia de factores adversos como la depresión materna o la pobreza extrema—, y no un factor aislado como el elogio verbal.
Otra línea de investigación, basada en el seguimiento de 674 familias entre los 10 y los 16 años, distingue entre elogio y calidez afectiva. La calidez parental —definida por amor, apoyo, aceptación y respuesta a las necesidades del niño— sí predice niveles posteriores de autoestima, pero se trata de algo distinto de decir repetidamente que el niño es muy listo o que lo hace todo bien. Los datos sugieren además que la relación es bidireccional: los hijos con mejor autoestima también favorecen dinámicas familiares más positivas.
Por último, los estudios sobre el acto concreto de elogiar concluyen que importa más el proceso que la persona. Los niños de entre 14 y 38 meses que recibían elogios centrados en su esfuerzo o en acciones concretas desarrollaban, cinco años después, una visión más sana y flexible de sus propias capacidades. Los elogios dirigidos a la persona —"eres muy inteligente"— no aportaban esa ventaja. La conclusión es clara: más relevante que la cantidad de halagos es el tipo de elogio y, sobre todo, el clima emocional en el que crece el niño.
