La cancelación del telescopio espacial AXIS, un observatorio orbital de mil millones de dólares diseñado para estudiar los primeros agujeros negros y la formación de galaxias, ilustra el colapso del sistema científico estadounidense. El astrónomo Christopher Reynolds, de la Universidad de Maryland, perdió a 20 de los integrantes de su equipo —incluido el ingeniero que diseñaba los espejos de rayos X de silicio monocristalino— tras la ola de buyouts promovida por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) en la NASA, que sacó a unos 4.000 empleados, una quinta parte de la plantilla. El proyecto se topó después con la propuesta presupuestaria de Trump, que eliminó por completo el programa que lo financiaba, y con el cierre administrativo federal de octubre, que dejó al equipo con dos semanas para encajar el presupuesto. AXIS murió tras casi una década de trabajo sin haber sido cancelado formalmente: "simplemente lo dejamos morir de inanición", resume Reynolds.
El caso no es aislado. Unos 95.000 científicos han abandonado el empleo federal, miles de subvenciones están congeladas o canceladas —2.600 por valor de 1.400 millones de dólares siguen en el limbo— y la NSF y los NIH conceden tres cuartos de sus grants habituales. Los NIH, que emitían hasta 850 convocatorias anuales, pasaron de 120 en 2025 a 14 en lo que va de 2026. Además, operativos políticos han prohibido términos como "racismo estructural" en las solicitudes. Más de la mitad de los investigadores con grants de los NIH reportan alteraciones en su financiación y el 81 % de los profesores en vías de tenure teme perderla.
