La superficie del Mediterráneo ha vuelto a registrar temperaturas excepcionalmente altas durante el verano de 2026: en julio la media alcanzó los 27 °C, la más alta para ese mes, y una boya cerca de Mallorca midió 33 °C a principios de agosto. Según World Weather Attribution, alrededor del 80 % del Mediterráneo occidental ha atravesado condiciones de ola de calor marina y el calentamiento antropogénico ha añadido aproximadamente 2 °C a las temperaturas de esta cuenca.
A diferencia de la tierra, el mar libera el calor acumulado muy lentamente, lo que lo convierte en una reserva energética que permanece activa semanas después del pico estival. Cuanto más caliente está la superficie, mayor es la evaporación y más vapor de agua se incorpora a la atmósfera, incrementando el potencial de lluvias intensas si se presentan los ingredientes atmosféricos adecuados, como aire frío en altura o una baja presión.
El ciclón Daniel, que en septiembre de 2023 dejó más de 759 mm en 24 horas en Zagora (Grecia) y más de 400 mm diarios en Al-Bayda (Libia) con miles de muertos, ilustra ese mecanismo. Un estudio publicado en Nature npj Climate and Atmospheric Science estima que, sin la señal de calentamiento a largo plazo, la precipitación acumulada durante Daniel habría sido un 42 % menor en el conjunto del dominio estudiado y un 81 % menor en Libia. Investigaciones adicionales cifran entre un 5 % y un 25 % los episodios de precipitación extrema costera que coinciden con una ola de calor marina, con aumentos de precipitación del 20-30 % cuando intervienen.
Con el 90 % del golfo de Vizcaya y la costa ibérica y el 80 % del Mediterráneo occidental bajo ola de calor marina en 2026, los expertos advierten de que el mar llega a septiembre con una cantidad extraordinaria de energía almacenada, capaz de intensificar cualquier perturbación atmosférica que aparezca.
