Beber agua muy fría durante una comida reduce la frecuencia de las contracciones gástricas y provoca una saciedad más temprana, con una disminución de la ingesta energética del 19% al 26% en la comida siguiente, según un ensayo cruzado de 2020 realizado con 11 hombres sanos que ingirieron 500 mL de agua a 2 °C, 37 °C y 60 °C. Así lo explica la digestóloga Silvia Gómez, quien aclara que el agua fría no bloquea la digestión, aunque si está muy fría puede volverla más lenta y menos confortable.
El mecanismo se basa en la vasoconstricción gástrica transitoria que provoca el frío, una alteración leve y breve en la motilidad del estómago. El cuerpo compensa este efecto en minutos gracias a su capacidad termorreguladora, por lo que no se trata de un bloqueo real. Tampoco hay evidencia de que el agua fría solidifique las grasas alimentarias ni de que dañe la microbiota intestinal.
En personas sanas el impacto es inofensivo, pero en pacientes con dispepsia funcional, reflujo gastroesofágico, gastritis o síndrome de intestino irritable los estímulos térmicos bruscos pueden aumentar los síntomas y conviene seguir las pautas de su especialista.
