Un ensayo divulgativo de la bloguera Siderea sostiene que un programa informático no es otra cosa que una sucesión de decisiones: cada comportamiento de un objeto inanimado debe ser elegido y especificado por quien programa, sin que quede ningún material subyacente una vez retiradas esas decisiones. Para explicar la idea a no programadores, la autora recurre a la analogía del robot que va a la compra: hay que indicarle qué pan, qué leche, qué huevos, dónde colocar cada cosa, qué hacer si un producto está en mal estado y, sobre todo, qué política seguir cuando no se encuentra lo deseado. Esa lista, con sus condicionales y sus jerarquías de preferencia, es ya un programa.
A partir de ahí, el texto argumenta que los conflictos entre programadores y clientes no suelen girar tanto en torno a quién decide, sino en torno a quién tiene la carga de decidir. Decidir, recuerda, es a menudo una obligación, no un privilegio: quien encarga el software debe estar dispuesto a responder preguntas detalladas y, con frecuencia, molestas sobre qué quiere exactamente que haga el programa. Cambios tardíos de criterio, como permitir un número ilimitado de elementos por registro o limitarlo a uno, pueden obligar a rehacer interfaces enteras y disparar los costes. La pieza cierra con una invitación a entender el software como lo que realmente es: una expresión explícita y rigurosa de decisiones humanas.
