El distrito de Saha-gu, en Busan, puso en marcha un programa piloto de emparejamiento que prometía hasta 20 millones de wones —unos 13.600 dólares— a las parejas que se casasen, además de 360 dólares por persona para gastar en citas si hacían 'match' en eventos organizados por la administración. Ningún participante reclamó la recompensa final, según un reportaje de The Wall Street Journal. El fracaso de Saha-gu ilustra el límite de una estrategia que el país lleva años ensayando: usar el dinero público para revertir la caída de la natalidad. Gobiernos locales han llegado a ofrecer 700 euros por boda en Seúl, incentivos fiscales, cheques bebé de hasta 70.000 euros o acceso gratuito a carne de primera calidad para madres recientes, mientras empresas como Booyoung Group entregan 75.000 dólares a empleados que tengan hijos. La presión contrasta con datos demoledores: menos del 5% de los bebés surcoreanos nacen fuera del matrimonio y, a finales de 2024, el país se convirtió oficialmente en una 'sociedad súper envejecida', con más del 20% de la población por encima de 65 años. Busan, que pasó de 3,8 millones de habitantes a principios de los noventa a 3,4 millones en 2010, encarna la sangría demográfica. Una encuesta reciente recoge que tres quintas partes de los surcoreanos con empleo no ven problema en no pasar por el altar. A los cambios culturales se suman las largas jornadas laborales, el alza del coste de vida y la carga económica de la crianza, factores que el talonario gubernamental no ha conseguido neutralizar.
