China se ha consolidado como la potencia que hoy marca el rumbo del mercado petrolero mundial, por encima de la OPEP, tras demostrar una capacidad de influencia inédita durante la reciente guerra con Irán. Cuando el conflicto bloqueó el estrecho de Ormuz y dejó atrapados 14 millones de barriles diarios (b/d) de crudo en el Golfo, los petromonarcas de Abu Dabi y Riad desviaron 5 millones de b/d por oleoductos alternativos, mientras Washington y Tokio liberaron 2 millones de b/d de reservas estratégicas y países más pobres aplicaron programas de racionamiento para reducir demanda.
El factor decisivo, sin embargo, fue la decisión discreta de Pekín. Entre febrero y junio, China recortó sus importaciones de crudo a la mitad, 5,5 millones de b/d menos, lo que los expertos estiman que restó más de 30 dólares al barril Brent. Se trata de más de la mitad de la caída global registrada durante los confinamientos por covid-19, cuando la demanda mundial se desplomó 9 millones de b/d. A diferencia de entonces, la economía china no entró en recesión y su PIB mantuvo un crecimiento estable, lo que indica que la reducción de compras no responde a una caída interna, sino a una estrategia deliberada para ganar peso en la geopolítica del petróleo.
