Caminar mientras se usa el smartphone no es una multitarea inocua: la evidencia científica reunida en los últimos años muestra que modifica la biomecánica de la marcha y activa una respuesta de estrés que anula los beneficios del paseo.
Un estudio publicado en PLOS ONE demostró que los peatones que miran la pantalla reducen la velocidad, acortan el paso y aumentan la variabilidad y el tiempo de apoyo, es decir, caminan con mayor torpeza porque el cerebro divide recursos entre la lectura y el desplazamiento. Esta doble carga cognitiva deteriora el equilibrio dinámico e incrementa el riesgo de tropiezos.
Investigaciones de la Universidad de Auckland documentan, además, que caminar interactuando con el móvil provoca picos de cortisol, la hormona del estrés, lo que revierte las mejoras anímicas asociadas a dar un paseo. Para conseguir una bajada real de tensión tras el uso intensivo de pantallas basta con caminatas de entre 10 y 15 minutos sin notificaciones ni auriculares.
Los análisis poblacionales sitúan el umbral de riesgo en torno a las tres o cuatro horas diarias de pantalla: por encima de esa barrera se dispara la prevalencia de síntomas depresivos y estrés crónico. Limitar el uso de redes sociales a 30 minutos al día durante tres semanas reduce de forma notable la soledad y la depresión, y las llamadas "semanas sin smartphone" producen picos de satisfacción vital.
La teoría de la restauración de la atención añade que el entorno importa: paseos de 40 minutos por espacios verdes sin distracciones digitales mejoran la atención ejecutiva y desactivan áreas cerebrales vinculadas a la rumiación, como la corteza prefrontal subgenual. Dejar el dispositivo en casa y caminar por un parque no es solo una desconexión, sino una necesidad en la era de la atención fragmentada.
