La idea de que ponerse unos auriculares inalámbricos equivale a acercar un microondas al cerebro carece de base científica. Aunque tanto los hornos microondas como los dispositivos Bluetooth operan en la banda de 2,4 GHz, la potencia que manejan es radicalmente distinta: un electrodoméstico doméstico trabaja entre 800 y 1.000 vatios, mientras que unos auriculares inalámbricos típicos emiten alrededor de un milivatio, es decir, una milésima de vatio. La diferencia es de aproximadamente un millón de veces, lo que hace inviable cualquier comparación realista en términos de calentamiento de tejidos.
El factor decisivo para que una radiación electromagnética no ionizante produzca un efecto térmico es la potencia, y la emitida por el Bluetooth está muy por debajo de los límites fijados por la Comisión Internacional sobre Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP), que estableció en 2020 un umbral de 2 W/kg para cabeza y tronco. Además, la revisión realizada por el proyecto EMF de la Organización Mundial de la Salud sobre decenas de miles de estudios no ha identificado efectos adversos por debajo de esos valores.
La exposición de unos auriculares Bluetooth es, según un estudio de 2019, entre 10 y 400 veces menor que la de un teléfono móvil en el bolsillo, por lo que utilizarlos reduce la exposición general al alejar el móvil de la cabeza. El verdadero riesgo acreditado de los auriculares no es la radiación, sino el daño auditivo derivado de volúmenes altos y tiempos prolongados, motivo por el cual los expertos recomiendan no superar el 60% del volumen máximo y recurrir a la cancelación activa de ruido.
