Un académico describe la ansiedad persistente que siente desde hace cinco años, cuando se incorporó a un departamento vinculado a la inteligencia artificial. Relata que esa tecnología, omnipresente y entrelazada con todas las facetas de su vida, ha erosionado su confianza, su salud mental y su relación con colegas y estudiantes. Identifica la extracción emocional y cognitiva que percibe en su entorno como una forma de opresión que opera de manera similar al proyecto al que califica de fascista.
El autor vincula la irrupción de la IA en la academia con lo que denomina fascismo algorítmico: la connivencia de universidades con grandes tecnológicas, la dependencia de productos como los de Microsoft y la sustitución del trabajo académico crítico por marcos retóricos importados de la industria. Critica que se justifique cualquier uso de la IA por el simple hecho de que el término resulta difuso y rechaza que herramientas como AlphaFold se equiparen a la investigación científica.
También denuncia el uso de la IA en la destrucción de la educación superior, la complicidad con genocidios y la destrucción institucional. Narra episodios concretos de desconfianza hacia sus propios estudiantes, llegando a revisar historiales de edición por miedo a que entregaran trabajo generado por IA, y describe crisis de ansiedad, insomnio y autodesprecio. Concluye con un llamado a la desobediencia académica: negarse a normalizar la IA, defender la universidad como espacio de conocimiento y rechazar la extracción de datos, trabajo emocional y capacidad crítica de estudiantes y mentorizados.
