Una nueva hipótesis sitúa al azúcar, y no solo a la carne, en el origen del cerebro humano

Fuentes: Una nueva hipótesis sitúa al azúcar, y no solo a la carne, en el origen del cerebro humano, history.com

Una nueva hipótesis sitúa al azúcar, y no solo a la carne, en el origen del cerebro humano

Durante décadas, la evolución del cerebro humano se ha explicado como una historia de carne, proteínas y grasas animales. Pero un nuevo estudio publicado este mes de agosto de 2026 en la revista Science propone reescribir esa narrativa: los azúcares y carbohidratos habrían sido el verdadero combustible que permitió a nuestros antepasados desarrollar un cerebro desproporcionalmente grande, el más costoso del reino animal en términos energéticos.

El cerebro humano consume alrededor del 20% de la energía del cuerpo en reposo y, salvo en estados de cetosis extrema, su combustible exclusivo es la glucosa. La pregunta que el nuevo modelo intenta responder es de dónde obtenían nuestros antepasados esa cantidad obligatoria de azúcar. Según el estudio liderado por Jennie Brand-Miller, profesora emérita de nutrición humana en la Universidad de Sídney y autora principal del trabajo, las frutas azucaradas y la miel aportaron entre el 20% y el 35% del consumo energético a lo largo de la mayor parte de la evolución humana. Otro 25% de la dieta provino de almidones, mientras que menos del 20% de la energía dietética se obtuvo de proteínas.

El contraste con otros primates es elocuente. Lucy, una Australopithecus afarensis de hace casi 4 millones de años, tenía un cerebro de 380 gramos, similar al de un chimpancé actual. El Homo sapiens moderno, en cambio, alcanza los 1.500 gramos, cuatro veces más. Para Brand-Miller, la diferencia no se explica solo con la carne: las neuronas funcionan con glucosa, y esa glucosa provino en gran medida de los alimentos vegetales.

La hipótesis del azúcar no es nueva, pero sí cuenta ahora con mayor respaldo empírico. Ya en 2015, un estudio de Karen Hardy en The Quarterly Review of Biology argumentó que los alimentos vegetales ricos en almidón, como tubérculos y raíces, fueron cruciales para la expansión cerebral, el desarrollo fetal y la lactancia. El problema metodológico es evidente: mientras la carne deja marcas de cortes en huesos fosilizados que perduran millones de años, los tubérculos y las frutas se pudren sin dejar rastro arqueológico. Para rastrear el consumo de carbohidratos, los científicos han recurrido al microbioma oral. En 2021, un equipo analizó el sarro dental de neandertales y humanos antiguos, encontrando bacterias adaptadas a procesar alimentos ricos en almidón.

Sin embargo, la comunidad científica no es unánime. Ese mismo año, otro grupo publicó una dura crítica metodológica argumentando que la sola presencia de esas bacterias no permite inferir que el almidón fuera la base de la dieta ni que su consumo fuera condición causal para el crecimiento cerebral.

Otro punto débil del modelo es el papel del fuego. Para extraer suficiente glucosa del almidón, nuestros antepasados habrían necesitado cocinar los alimentos, ya que los tubérculos crudos aportan muy poca energía digestible. Pero aquí los tiempos no cuadran: el registro fósil muestra que el cerebro de nuestros antepasados comenzó a expandirse mucho antes de que existan pruebas sólidas de un uso continuado del fuego. Si el cerebro creció antes de que supiéramos cocinar, el modelo del almidón cocido, en palabras de los paleontólogos, cojea.

Un dato clave del nuevo estudio refuerza la tesis azucarada: un análisis de 2017 sobre 140 especies de primates comparó el tamaño cerebral con la dieta. Los resultados fueron concluyentes: los primates frugívoros tenían cerebros un 25% más grandes, en promedio, que los folívoros, consumidores de hojas. También superaban a los omnívoros que incluían carne en su dieta. Estudios sobre la dieta de los chimpancés actuales muestran que hasta el 75% de sus calorías provienen de carbohidratos, principalmente azúcares de frutas y miel.

En el contexto nutricional moderno, el azúcar tiene mala fama porque suele consumirse como azúcar refinado en alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas. Pero el azúcar natural presente en las frutas viene acompañado de fibra, vitaminas y antioxidantes protectores. Para nuestros ancestros, esos azúcares naturales probablemente jugaron un papel crítico como alimento cerebral, en un contexto dietético radicalmente distinto al actual.

El nuevo trabajo no invalida el papel de la carne. Más bien propone una visión integradora: la historia del cerebro humano no es la de un menú cerrado de un solo alimento, sino la de una flexibilidad dietética excepcional. Nuestros antepasados probablemente comían carne y grasa animal cuando la caza o el carroñeo lo permitían, se atiborraban de frutas dulces y miel en ecosistemas boscosos, y escarbaban en busca de tubérculos cuando el clima se volvía más seco. Fue esa capacidad para extraer energía de fuentes muy diversas, sumada al procesamiento posterior con herramientas y fuego, lo que verdaderamente suministró la energía para convertirnos en la especie que hoy se pregunta por sus propios orígenes.

Quedan, no obstante, muchas preguntas abiertas. La cronología del fuego, la interpretación de los marcadores microbianos y la proporción exacta de cada fuente de alimento en distintas etapas evolutivas siguen siendo objeto de debate. Pero el estudio de Brand-Miller y sus colegas marca un punto de inflexión: los carbohidratos, durante mucho tiempo marginados del relato evolutivo, vuelven al centro de la mesa.