Un exinvestigador de Google DeepMind ha publicado un extenso relato en su blog personal (turntrout.com) detallando los motivos que lo llevaron a renunciar a la compañía tras la firma de un contrato militar entre Google y el Departamento de Defensa de Estados Unidos (el Pentágono). El testimonio, difundido a finales de 2026, describe una campaña interna de meses de duración en la que el investigador intentó, sin éxito, que la empresa mantuviera sus compromisos éticos sobre inteligencia artificial.
Según el relato, el detonante inicial fue la muerte de al menos dos ciudadanos a manos de agentes federales del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en enero de 2026. El investigador descubrió que Google vende servicios en la nube a agencias de inmigración (ICE) y de control fronterizo (CBP), incluso a través de intermediarios como ITC Federal. La compañía también figura en el inventario de casos de uso de IA del DHS de 2025 como proveedora de inteligencia artificial generativa, deslistó aplicaciones que alertaban sobre operativos migratorios y entregó datos de un estudiante a ICE sin notificar al usuario, incumpliendo sus propios términos de servicio.
El conflicto escaló cuando el Pentágono comenzó a presionar a los principales proveedores de IA —Google, OpenAI y Anthropic— para firmar contratos militares sin restricciones sobre el uso de la tecnología en robots asesinos o vigilancia masiva. El investigador elaboró una propuesta de 25 páginas con lenguaje contractual y mecanismos de supervisión, respaldada por expertos en derecho militar y de vigilancia, que remitió al director general de DeepMind, Demis Hassabis. Según su testimonio, la propuesta fue ignorada y Google firmó un acuerdo cuyas restricciones, citando un artículo de Fortune, eran incluso más débiles que las aceptadas por OpenAI.
A lo largo de varios meses, el exinvestigador solicitó apoyo a figuras relevantes del sector. Relata que Stuart Russell, prominente investigador de IA y veterano opositor a las armas autónomas, aceptó públicamente impulsar una declaración de su organización en apoyo de los proveedores de IA frente a la coerción gubernamental, pero tanto el comunicado como la encuesta prometidas nunca se materializaron. Jeff Dean, chief scientist de Google y codesignatario en 2018 de un compromiso contra los robots asesinos, sí firmó un escrito amistoso respaldando a Anthropic en su disputa legal con el Pentágono, pero, según el autor, no usó su influencia para impedir que Google firmara su propio contrato. El artículo señala que Dean continúa en la compañía.
La alta dirección de Google, incluidos Hassabis y el propio Dean, aseguró internamente que la empresa no cedería ante las presiones del Pentágono. No obstante, según el testimonio, Google firmó el contrato de manera discreta. Tras la firma, Hassabis insistió en que los principios de IA de la compañía "no habían cambiado". Ante este resultado, el investigador abandonó DeepMind argumentando que no podía permanecer en la empresa "en conciencia".
El relato va más allá de la anécdota personal y plantea una crítica estructural: cómo figuras e instituciones poderosas, incluida una parte significativa de la comunidad de ética en IA, cedieron sucesivamente ante la presión cuando estaban en juego restricciones al uso militar de la inteligencia artificial. El autor reconoce que sus caracterizaciones de conversaciones privadas no pueden verificarse y que la minimización de detalles le hizo perder argumentos.
El caso se inscribe en una tendencia más amplia documentada en 2026: el creciente uso de IA por parte de agencias federales de inmigración y la respuesta de las grandes tecnológicas, que oscilan entre la prestación de servicios, la retirada de aplicaciones críticas y la cooperación con autoridades. Mientras el Pentágono consigue contratos sin restricciones firmes sobre usos sensibles, las promesas éticas públicas de las compañías de IA se enfrentan a su prueba más exigente bajo presión gubernamental. El desenlace inmediato es la salida de al menos un investigador con acceso directo a la dirección; la pregunta abierta es si otras voces internas o externas seguirán el mismo camino o si el sector consolidará una nueva normalidad en la relación entre Silicon Valley y el aparato de defensa estadounidense.
