Un estudio de la Universidad de Stanford publicado el 15 de septiembre en Proceedings of the National Academy of Sciences concluye que mantener de forma permanente el horario estándar o el de verano sería más saludable para la población estadounidense que el actual cambio bianual de hora, y que el horario estándar beneficiaría a un mayor número de personas. La investigación, liderada por la estudiante de bioingeniería Lara Weed y dirigida por el profesor de psiquiatría Jamie Zeitzer, моделиó la exposición a la luz y el impacto sobre el ritmo circadiano condado por condado en los tres escenarios posibles. Los resultados estiman que el horario estándar permanente reduciría la prevalencia nacional de obesidad en 0,78 puntos porcentuales —unos 2,6 millones de personas— y la de ictus en 0,09 puntos, equivalente a 300 000 casos menos. El horario de verano permanente lograría aproximadamente dos tercios de ese efecto, con 1,7 millones menos de casos de obesidad y 220 000 menos de ictus. El horario estándar priorizaría la luz matutina, que acelera el ciclo circadiano y ayuda a sincronizar el reloj interno con el día de 24 horas, mientras que la luz vespertina lo retrasa. El estudio constituye el primer análisis cuantitativo a largo plazo de las tres políticas horarias y respalda las posturas de la Academia Americana de Medicina del Sueño y la Asociación Médica Americana, que ya habían abogado por el horario estándar permanente. Sus autores reconocen limitaciones: no incorporaron variables meteorológicas, geográficas ni conductuales, y los hábitos reales de exposición a la luz probablemente sean peores que los asumidos en el modelo.
