La sensación térmica no es un sinónimo de temperatura, sino la reacción del cuerpo humano ante un conjunto de condiciones ambientales —temperatura del aire, humedad relativa, viento, calor metabólico e incluso la ropa— que determinan cuánto frío o calor percibimos. A diferencia de la temperatura, que se mide directamente con un termómetro, no existe una fórmula única para cuantificarla: cada índice o modelo combina parámetros distintos según los objetivos de quien lo diseña.
La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) emplea una fórmula propia, válida para temperaturas superiores a 26 ºC y humedades por encima del 40 %, que integra temperatura del aire y humedad relativa para aproximar lo que sentiría un cuerpo humano; por debajo de ese rango, hasta -50 ºC, utiliza el índice de sensación térmica por frío, basado en temperatura y velocidad del viento. Ambos son aproximaciones útiles para informar al público, pero ofrecen valores muy relativos.
Existen alternativas más complejas, como el modelo de confort térmico de Povl Ooof Ole Fanger, basado en datos empíricos y encuestas a sujetos, o el modelo de Angela Simone y Jakub Kolarik, que incorpora la energía metabólica producida por el organismo. Los índices de comodidad térmica van un paso más allá y buscan resultados prácticos aplicables a edificios y espacios interiores. La aclimatación, además, introduce otra variable: la percepción cambia tras una exposición prolongada al calor o al frío. En definitiva, quedarse solo con los grados del termómetro ofrece una visión muy incompleta de lo que realmente siente el cuerpo.
