En un ensayo personal, un desarrollador reflexiona sobre su evolución profesional y distingue dos formas opuestas de entender la programación. Empezó en el desarrollo fascinado por la idea de que, aprendiendo un lenguaje, podía crear cualquier programa: aplicaciones de back-end con PHP, sitios web con HTML y CSS, productos desde cero en un IDE. Con el tiempo, su motivación cambió: dejó de programar por el simple placer de crear y pasó a hacerlo principalmente como medio para generar ingresos con sus propios proyectos en startups. Disfrutaba construir productos útiles, no tanto el proceso de escribir código línea a línea, por lo que siempre prefirió startups frente a grandes empresas y aspiró a roles de liderazgo donde otros se encargaran del código.
Frente a este perfil empresarial, el texto describe a los programadores genuinos: quienes escriben código al margen del dinero, mantienen proyectos de código abierto sin ingresos y se entregan al proceso de diseñar, depurar y comprender sistemas completos. Para ellos, programar es arte y nunca delegarán esa tarea en agentes de inteligencia artificial. El autor también rechaza el uso de IA al escribir porque produce un texto sin alma y elimina el pensamiento que surge durante la redacción. Concluye que las predicciones sobre la sustitución total de programadores ignoran esa motivación artística, y que incluso los grandes avances técnicos no lograrán que estas personas renuncien a escribir código por sí mismas.
