La industria del software regaló durante dos décadas a sus ingenieros algo poco habitual: una combinación potente de misión y oficio. El primer pilar consistía en creer que el trabajo contribuía a algo valioso —mejorar la salud, transformar la educación, conectar personas—. El segundo radicaba en la satisfacción profunda de resolver problemas difíciles y construir cosas nuevas. Muchos ingenieros encontraron en esa ecuación propósito, identidad y comunidad, y la vivieron como el orden natural de las cosas.
Ese relato se sostuvo mientras el capital era barato, el talento escaso y las empresas competían por ingenieros con discursos cada vez más ambiciosos. Cuando subieron los tipos de interés, cayó la inversión y llegaron los despidos, las condiciones que sostenían la narrativa se debilitaron: la misión dejó de sentirse central y la presión por rentabilidad y eficiencia pasó al primer plano. El oficio, sin embargo, seguía ahí.
La irrupción de la inteligencia artificial cambió ese equilibrio. Ingenieros que antes escribían código describen ahora su trabajo como gestionar agentes, revisar código generado y orquestar sistemas que construyen por ellos. La programación no desaparece, pero su naturaleza se transforma, y muchos lo perciben como una pérdida. Cuando se erosionan a la vez los dos pilares que daban sentido al trabajo —misión y oficio—, la desorientación y el duelo resultan comprensibles. No es principalmente una cuestión económica: es la pérdida de un relato que explicaba por qué el trabajo importaba y por qué merecía la pena hacerlo.
