El desarrollo de las vacunas contra la Covid rompió todas las previsiones: frente a un plazo habitual de entre 8 y 12 años, los primeros preparados estuvieron listos en menos de un año desde el inicio de la pandemia. ¿Qué hizo posible esa rapidez? Varios factores se combinaron. En primer lugar, la propia enfermedad: la mayoría de los infectados se recuperaba y generaba anticuerpos neutralizantes, una pista clara de que un preparado podía imitar esa respuesta. Además, la investigación previa sobre los coronavirus del SARS y el MERS había identificado la proteína espícula como antígeno clave, desarrollado modelos animales y dejado candidatos en los cajones de los laboratorios. Los avances en biología estructural, especialmente la criomicroscopía electrónica, permitieron estabilizar esa proteína en su forma previa a la fusión, lo que multiplicó la eficacia de los anticuerpos generados.
Otro pilar fue el diseño ultrarrápido de los candidatos: Moderna tardó dos días en diseñar su vacuna de ARNm y Oxford-AstraZeneca, apenas un fin de semana. Pero el verdadero acelerador fue la ejecución en paralelo de las fases clínicas. En lugar de encadenar las fases 1, 2 y 3 como pasos secuenciales —lo que suele consumir unos 10,7 años—, los ensayos se solaparon recogiendo los mismos datos en menos tiempo. Esa combinación de base científica previa, nuevas plataformas tecnológicas y reorganización regulatoria fue lo que comprimió los plazos hasta hacer viable una vacuna en tiempo de pandemia.
