Un ensayo argumenta que, mientras la programación se ve cada vez más transformada por los modelos de lenguaje y los programadores soportan cuotas de productividad infladas y una creciente 'deuda cognitiva', la labor del escritor permanece sorprendentemente intacta. Los grandes modelos de lenguaje generan prosa con cadencia robótica, clichés repetitivos y un tono plástico que provoca un rechazo visceral en los lectores, atrapado en el llamado valle inquietante.
El texto articula tres pilares para sostener su tesis. Primero, identifica un estancamiento de los modelos en la generación de prosa de calidad, a diferencia de los rápidos avances en imagen, voz y vídeo, y lo atribuye a la dificultad de salvar el último 20% de calidad expresiva. Segundo, define la escritura como un 'problema wicked' en el sentido de la teoría de sistemas: carece de especificación cerrada, de regla de parada clara y de verificación objetiva, porque su métrica final es la resonancia subjetiva en una mente humana. Frente a ella, las matemáticas o el código disponen de verificación binaria o mecánica.
En tercer lugar, sostiene que la escritura es un 'problema AI-completo' porque es una tarea dual entre dos mentes que exige teoría de la mente: el escritor debe simular en tiempo real el estado mental del lector. Los modelos de lenguaje, al optimizar probabilidades estadísticas sobre enormes corpus, carecen de experiencia vivida y de implicación personal. El ensayo cierra invocando la ley de ventaja comparativa de David Ricardo y la biología evolutiva del 'costly signal': en un mar de contenido generado por máquinas, la voz humana auténtica se convierte en la señal costosa definitiva, y los buenos escritores, lejos de tener que reformular su oficio, ya trabajan desde siempre en la frontera inherente de la comunicación.
