Por qué no leeré ficción escrita por un modelo de lenguaje
En un ensayo publicado en su blog personal, el ingeniero y escritor conocido como mccormick.cx ha encendido un debate inesperado al explicar por qué se niega a leer novelas cuya redacción haya sido generada, total o parcialmente, por un modelo de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés). Su argumento no es técnico ni económico, sino profundamente estético: según explica, la ficción cumple una función cognitiva que la inteligencia artificial, por su propia naturaleza, es incapaz de replicar.
El autor parte de una experiencia personal. Relata que ha habido etapas de su vida en las que dejó de leer ficción, aunque nunca abandonó por completo la lectura de artículos, blogs o publicaciones académicas. Sin embargo, cuando retoma la lectura de novelas, asegura notar un efecto inmediato: su propia escritura se vuelve más fluida, más fresca, más viva. Esta observación lo llevó a investigar la razón detrás de ese fenómeno, y la respuesta que encontró tiene que ver con lo que él denomina el "perfil estadístico" de un texto.
Cada escritor, explica, posee una huella lingüística única. La selección de palabras, la cadencia de las frases, las combinaciones sintácticas forman un patrón estadístico reconocible, tan propio como una firma dactilar. De hecho, esta propiedad se ha utilizado durante años para tratar de identificar de forma anónima al autor de un texto. Cuando un lector absorbe la obra de otro escritor, está incorporando inconscientemente ese perfil, y eso empuja su propio perfil lingüístico en direcciones nuevas e inesperadas. El resultado, según mccormick.cx, es que las palabras del lector-escritor comienzan a "brillar" con un lustre renovado.
El ensayo sostiene que este efecto es especialmente potente en la ficción y mucho más débil en la no ficción o en los textos técnicos. La razón, argumenta, es que la escritura creativa nace desde un lugar más profundo, más cercano al perfil estadístico "natural" del autor, mientras que el texto informativo tiende hacia la media, hacia formas estandarizadas de comunicación. La ficción, en otras palabras, es el terreno donde la singularidad lingüística se manifiesta con mayor intensidad.
Y aquí es donde entra el problema con los modelos de lenguaje. Los LLM funcionan, precisamente, muestreando distribuciones que capturan la forma mediana, promedio, normativa de escribir. Su perfil estadístico, por diseño, gravita hacia el centro. Cuando un lector se expone a un texto generado por inteligencia artificial, lo que está absorbiendo es una versión aplanada del lenguaje, despojada de los desvíos, las rarezas y las genialidades individuales que hacen que la ficción valga la pena. Para el autor del ensayo, esto constituye una experiencia no solo insatisfactoria, sino activamente contraproducente: "No quiero que mi mente sea empujada hacia lo estadísticamente normal cuando leo ficción. Eso es exactamente lo contrario de lo que busco en esa experiencia".
La conclusión de mccormick.cx es tajante: para cualquier obra de ficción publicada a partir de la década de 2020, quiere poder afirmar que "este texto fue escrito por un ser humano, con sus propias palabras". La exigencia no es una cuestión de nostalgia ni de esnobismo, sino de coherencia con el efecto que busca producir la lectura.
El planteamiento abre una reflexión más amplia sobre el papel de la inteligencia artificial en la creación literaria. En los últimos años, decenas de plataformas y editoriales han experimentado con novelas, relatos y guiones generados total o parcialmente por modelos de lenguaje, en ocasiones con resultados comerciales llamativos. Los defensores de esta práctica argumentan que la herramienta es solo eso, una herramienta, y que el valor reside en la visión creativa del autor humano que la utiliza. Los críticos, en cambio, señalan que el resultado final arrastra inevitablemente la huella estadística del sistema, y que esa huella, por muy buena que sea la dirección artística, empobrece la experiencia del lector.
Lo que el ensayo de mccormick.cx aporta a este debate es una explicación mecanicista, casi científica, de por qué la intuición de muchos lectores resulta acertada: la ficción escrita por humanos modifica el cerebro lingüístico del lector de una manera que la ficción asistida por IA, dada su naturaleza estadística, no puede igualar. Si esto es así, las implicaciones van más allá del gusto personal y tocan la forma en que entendemos la lectura como práctica formativa.
Por ahora, el autor no propone soluciones regulatorias ni llama al boicot. Se limita a compartir una decisión íntima: dejará fuera de su mesa de noche cualquier novela cuya prosa haya sido generada, aunque sea en parte, por un modelo de lenguaje. Es una postura individual, pero articulada con la suficiente solidez como para resonar en cualquiera que haya sentido, alguna vez, que ciertas páginas simplemente no le hacen nada.
