Estados Unidos ha estado en guerra más de 20 de los últimos 25 años en tres conflictos consecutivos en Oriente Medio —Afganistán, Irak e Irán— y en todos ellos la potencia militar estadounidense no se ha traducido en una victoria política clara. Bajo George W. Bush, el ejército derrocó en semanas a los talibanes y a Sadam Husein; bajo Donald Trump, la campaña de bombardeos, con apoyo de Israel, mató a altos líderes iraníes desde el primer día, pero el régimen teocrático sigue en pie y la guerra, sin resolver. Analistas como Peter Bergen, autor de "All the Presidents' Wars", y Paul Salem, del CSIS, sostienen que Washington planifica la fase militar, pero descuida el "día después" y privilegia la fuerza sobre la diplomacia. Salem lo resume con una frase: "EE. UU. tiene un apetito imperial, pero un enfoque de turista". El general retirado Douglas Lute advierte que lanzar solo bombardeos ambiciosos, como el cambio de régimen, sin tropas terrestres ofrece pocas probabilidades de éxito. A ello se suma el peso de la guerra asimétrica: en Afganistán e Irak, milicianas recurrieron a explosivos artesanales y atentados suicidas; en Irán, drones de bajo coste han llegado a cerrar el estrecho de Ormuz pese a la destrucción de la armada convencional iraní. Los expertos recuerdan la guerra del Golfo de 1991 como ejemplo de objetivos limitados, respaldo internacional y victoria rápida, y anticipan que, sea cual sea el desenlace en Irán, habrá nuevos enfrentamientos.
