Optimismo decepcionado: el dilema irresoluble del diseño en la empresa

Fuentes: Disappointed Optimists

Toda disciplina de diseño es, en el fondo, un intento de cambiar el comportamiento de las personas, y la mayor parte de las veces ese comportamiento es el acto de comprar. Quien acepta un puesto de diseño se compromete, en la práctica, a orientar a las personas en la dirección que la empresa desea, y si la empresa cotiza en bolsa, esa dirección es el valor para el accionista. Las iniciativas de experiencia de usuario, las auditorías de accesibilidad y los estados vacíos cuidadosamente diseñados quedan al servicio de una cifra que poco tiene que ver con que la vida de alguien mejore.

El artículo introduce el concepto de "problema maldito" —prestando la definición del diseñador de videojuegos Alex Jaffe— para describir la tensión irresoluble entre dos promesas incompatibles: querer hacer del mundo un lugar mejor y cobrar un salario de una organización cuyo verdadero trabajo es generar valor para el accionista. No hay marco, ni frase mágica, ni silla en la mesa directiva que disuelva el conflicto, porque el conflicto es la premisa misma.

La encuesta anual de Lenny Rachitsky y Noam Segal sobre trabajadores tecnológicos sitúa a las personas diseñadoras en el centro del malestar: mayor agotamiento, percepción más aguda de hacer más por el mismo sueldo y peores valoraciones de sus responsables. La inteligencia artificial ha rebajado el suelo de lo que cualquiera puede producir, pero no ha elevado el techo de lo bueno, de modo que se envía más trabajo y ninguno es mejor. La autora propone cuatro salidas posibles —marcharse, buscar otra empresa, construir una desde cero o quedarse como disidente interno— y describe tres tácticas documentadas por la investigadora Richmond Wong para resistir desde dentro: la traducción del lenguaje del usuario al lenguaje del riesgo empresarial, el registro de deuda ética y el trabajo lento para abrir grietas en la organización.