Más allá de la IA artificial: los organoides cerebrales que ya juegan a Pong

Fuentes: AI Is Dead. Organoids Are Alive

Mientras la atención pública se concentra en los grandes modelos de lenguaje, un puñado de biólogos celulares cultiva neuronas humanas vivas en placas de laboratorio y aprende a programarlas con señales eléctricas y pulsos de dopamina. Los organoides cerebrales humanos, pequeñas estructuras del tamaño de una semilla de chía que contienen unos 5 millones de células —2,5 millones de ellas neuronas—, generan ondas cerebrales similares a las de un bebé prematuro tras ocho meses de maduración.

En la Universidad de California en San Diego, el laboratorio del biólogo del desarrollo Alysson Muotri utiliza estos organoides para guiar robots por laberintos, probar psicodélicos y avanzar en la investigación del autismo. En la Universidad Johns Hopkins los organoides sirven como base de nuevos sistemas de biocomputación, y en una startup de Melbourne ya juegan a Pong y Doom. La hipótesis de fondo es que la inteligencia del futuro dejará de ser artificial: se construirá a partir de materia viva.

El proceso parte de muestras de piel, sangre o pelo revertidas a un estado embrionario mediante proteínas específicas; las células resultantes se diferencian en neuronas que, dejadas a su aire, se conectan entre sí formando redes funcionales. Los investigadores sostienen que estos sistemas pueden aprender a anticipar patrones eléctricos, lo que sugiere que la materia biológica es programable como un ordenador.

El avance reabre debates bioéticos incómodos: los organoides aún no tienen categoría legal, pero si crecen hasta alcanzar el tamaño de un ratón será difícil establecer un umbral de sensibilidad. Especialistas como John Evans, codirector del Instituto de Ética Práctica de UCSD, advierte de que, sin cuerpo ni experiencia sensorial, hablar de conciencia es filosóficamente problemático. Aun así, los experimentos continúan, y la pregunta de si estas estructuras sienten algo al ser estimuladas sigue sin respuesta.