Mil personas entierran su ropa interior para mapear la salud del suelo mundial
Un millar de personas enterraron voluntariamente sus calzoncillos de algodón durante dos meses en 25 países, no para protegerlos de los duendes imaginarios, sino como parte de un ambicioso proyecto de ciencia ciudadana destinado a evaluar la salud del suelo a escala global. Los resultados de este experimento, publicado en la revista Plants, People, Planet, revelan una preocupante realidad: el tipo de manejo del suelo determina en gran medida su vitalidad biológica y, por extensión, su fertilidad y capacidad para sostener ecosistemas.
La iniciativa, bautizada como "Proof by Underpants" (Prueba por la Ropa Interior), fue coordinada por un equipo de la Universidad de Zúrich y el instituto suizo de investigación agrícola Agroscope. Los organizadores explican que, aunque existen métodos estandarizados como el llamado "índice de la bolsa de té" (TBI), este requiere equipamiento preciso como balanzas de alta sensibilidad. Los calzoncillos de algodón, en cambio, ofrecen una alternativa visual e intuitiva que cualquier persona puede entender sin formación científica.
Cómo funciona el experimento
El algodón está compuesto casi en su totalidad por celulosa, una fibra vegetal que los organismos del suelo están perfectamente equipados para descomponer. Cuando el suelo bulle de bacterias, hongos y otros microorganismos, la tela desaparece con relativa rapidez. Cuando la comunidad biológica es débil, la prenda permanece prácticamente intacta. Tras recuperar la ropa interior, los investigadores la fotografiaron sobre un fondo azul y emplearon software de imagen para calcular con precisión cuánto tejido quedaba. Así nació el "Underpants Index", una puntuación directa de actividad biológica.
Los datos son elocuentes: tras un mes bajo tierra, se descompuso alrededor del 10 por ciento de cada prenda; a los dos meses, la cifra ascendió hasta aproximadamente el 50 por ciento, aunque con variaciones enormes según el lugar de enterramiento.
Los jardines ganan, los céspedes pierden
El factor que más influyó en la velocidad de descomposición fue el uso del suelo. Los huertos y jardines privados presentaron las tasas más altas de degradación, con alrededor del 58 por ciento de la ropa descompuesta a los dos meses. Les siguieron las tierras de cultivo, con un 51 por ciento; los pastizales permanentes, con un 47 por ciento; y los céspedes ornamentales, en último lugar, con apenas un 40 por ciento de promedio.
Los jardines privados también registraron los niveles más altos de carbono orgánico y nutrientes disponibles, lo que explicaría su elevada actividad biológica. Paradójicamente, las tierras agrícolas, sometidas a labranzas regulares, superaron a los céspedes, probablemente porque la perturbación física del arado puede estimular a ciertos organismos del suelo. Los céspedes, en cambio, sufren siegas frecuentes, aplicación de herbicidas y una baja diversidad vegetal, prácticas que tienden a reprimir las comunidades subterráneas que impulsan la descomposición.
Un hallazgo que sorprendió a los investigadores fue la abundancia de nutrientes en los jardines privados. El fósforo disponible promedió más de 13 miligramos por kilogramo de suelo en estos espacios, frente a unos 3,5 miligramos en tierras agrícolas. Algunos jardines superaron los 60 miligramos por kilogramo, niveles que las plantas no pueden absorber y que, al escurrirse hacia ríos y acuíferos, amenazan la calidad del agua y los ecosistemas acuáticos. Es decir, muchos jardineros aplican más fertilizante del que sus plantas necesitan, incluso cuando la salud biológica de su suelo luce excelente.
Implicaciones y contexto global
La salud del suelo es crítica para la agricultura, la seguridad alimentaria y el equilibrio ecológico planetario, pero viene deteriorándose en todo el mundo, alertan los autores. Marcel van der Heijden, agroecólogo de la Universidad de Zúrich y coautor del estudio, lo resume con claridad: "Nuestros resultados muestran que el manejo del suelo puede afectar significativamente tanto la vida como la calidad del suelo. Un suelo sano y biológicamente activo es crucial para la fertilidad, el ciclo de nutrientes y muchos otros servicios ecosistémicos".
El proyecto logró una cobertura mediática en más de 25 países, demostrando que es posible combinar divulgación científica con datos rigurosos a escala nacional. De los 1.100 paquetes de participación enviados, 883 muestras de suelo y 1.752 pares de ropa interior regresaron al laboratorio, junto con 12.000 bolsas de té que sirvieron como método comparativo.
Lo que cabe esperar
El estudio no solo ofrece un mapa inédito de la biología del subsuelo, sino que proporciona a cualquier ciudadano una herramienta tan simple como efectiva: enterrar unos calzoncillos de algodón y observar el resultado. Si la prenda vuelve hecha jirones, el suelo goza de buena salud; si regresa casi intacta, algo falla bajo la superficie. Los investigadores confían en que métodos como este, lúdicos pero científicamente sólidos, contribuyan a visibilizar un recurso invisible pero insustituible, y a promover prácticas de manejo más conscientes, tanto en la agricultura profesional como en los jardines domésticos donde, según los datos, la fertilidad puede ser tanto una bendición como un problema ambiental latente.
