Un reciente artículo de dos economistas, titulado «The AI Layoff Trap», advierte de una contradicción sistémica en la automatización con IA: en un modelo de competencia basada en tareas, cada empresa captura todo el ahorro de costes que le reporta sustituir trabajadores, pero solo asume una fracción de la caída de demanda que provoca; el resto recae sobre sus rivales. Esa externalidad de demanda empuja a empresas racionales a una carrera armamentística de automatización que desplaza trabajadores más allá de lo colectivamente óptimo y perjudica tanto a asalariados como a propietarios. Más competencia y una IA «mejor» amplifican el exceso; ni los ajustes salariales, ni la entrada libre de firmas, ni impuestos sobre el capital, ni la participación accionarial de los trabajadores, ni la renta básica, ni la recualificación, ni la negociación coaseana lo eliminan. Solo un impuesto pigouviano a la automatización lo consigue, según el modelo.
El argumento reproduce, en lenguaje económico convencional, la «competencia coercitiva» que Marx ya describió: la búsqueda racional del beneficio individual socava las condiciones colectivas que el capitalismo necesita para reproducirse. A eso se suma la preocupación keynesiana de que los salarios son a la vez coste para la empresa e ingreso para los consumidores; si todas las firmas recortan a la vez, la demanda agregada se desploma. El texto conecta esta dinámica con la noción de James Crotty de «inversión coercitivamente competitiva» y con el crecimiento de la Democratic Socialists of America entre trabajadores del conocimiento precarizados por la misma contradicción: el capital necesita apropiarse de su intelecto general y, al hacerlo, los vuelve prescindibles.
