La proliferación de pantallas y notificaciones ha abierto un nicho de mercado inesperado: los teclados diseñados exclusivamente para escribir, sin aplicaciones, navegadores ni redes sociales a la vista. Estos dispositivos, herederos modernos de la máquina de escribir, integran una pequeña pantalla —frecuentemente de tinta electrónica— donde se muestra el texto, conectividad a la nube para sincronizar borradores y batería de larga duración, pero renuncian a cualquier otra función.
El segmento lo lidera la estadounidense Astrohaus con su línea Freewrite, cuyo modelo Traveler cuesta alrededor de 603 euros y la versión Hemingway supera los 1.200 dólares. La alternativa más destacada llega desde Japón de la mano de King Jim y su línea Pomera, con precios cercanos a los 400 euros. Aunque los lotes reducidos encarecen los productos, los fabricantes defienden que la limitación de funciones es justo lo que venden: una burbuja de concentración.
Xataka ha entrevistado a tres usuarios de estos dispositivos. El escritor y editor Ilia Epifanov optó finalmente por un Nokia E7 de 2011, aprovechando que sus aplicaciones obsoletas lo convierten en una herramienta de escritura pura. El autónomo Carl Dilkington eligió el Freewrite Traveler por estética, aunque reconoce que el aparato no hace magia: la dificultad de sentarse a escribir sigue siendo el verdadero obstáculo, y eliminar las distracciones del ordenador no elimina el deseo de distraerse. Una tercera experiencia, recogida parcialmente, coincide en que estos teclados ofrecen una experiencia visual y táctil placentera, pero no sustituyen a la disciplina del escritor. La tendencia, en cualquier caso, refleja un intento más tecnológico —y lucrativo— de responder a un problema muy humano.
