Durante décadas la divulgación sobre sueño se ha centrado en los ritmos circadianos y en la melatonina, pero existe un segundo reloj biológico menos conocido que determina por qué a media mañana nos sentimos despejados y tras la comida luchamos por mantener los ojos abiertos: los ritmos ultradianos. Estos ciclos, con una duración de entre 90 y 120 minutos, fueron descritos en la década de 1950 por Nathaniel Kleitman, el investigador que descubrió el sueño REM al observar que la noche no se duerme de forma continua, sino en ciclos que recorren el sueño ligero, el profundo y el REM.
Kleitman planteó que este patrón no se limita al reposo nocturno. Su Ciclo Básico de Reposo-Actividad (BRAC) sostiene que el cerebro continúa funcionando en olas de 90 minutos durante el día, con picos de alta concentración seguidos de valles de fatiga de unos 20 minutos en los que el cuerpo exige descanso. La secreción hormonal sigue esa misma cadencia: la hormona del crecimiento, por ejemplo, alcanza su pico en las fases profundas de los primeros ciclos nocturnos, por lo que alterar los primeros 90-180 minutos de sueño compromete la reparación tisular.
A partir de estos hallazgos, surgen recomendaciones prácticas como la regla 90/20 en el trabajo — noventa minutos de atención plena seguidos de una pausa real de 15 a 20 minutos lejos de la pantalla— y el cálculo del despertar en bloques de 90 minutos para evitar interrumpir el sueño profundo y levantarse con más energía.
